Una vez que Money disoció el género del sexo, la etapa siguiente iba a consistir en manifestar que de alguna manera el género es autosuficiente y que el sexo no existe independientemente del género. De hecho, lo que los autores posfeministas le van a reprochar a Money es que admita que a pesar de todo existen sexos distintos, un sexo biológico de nacimiento para cada niño, incluso si Money consideraba que este no es esencial para la identidad de género.
La media vuelta de tuerca que seguía era demostrar que es el género lo que determina el sexo.
Mi sexo será la consecuencia del género. Mi identidad sexual dependerá de mi voluntad. Esta segunda etapa queda superada primero por Anne Fausto-Sterling, que inicia la «biología posfeminista», y luego por su amiga Judith Butler. A esta última no le basta con afirmar que el sexo no tiene existencia objetiva y concluye que los cuerpos mismos, en su conjunto, no son independientes de los «discursos» que sobre ellos se construyen. Del mismo modo, cuando se descubrió la reputación tóxica de Money, los defensores de la teoría de género quisieron hacer creer que habían sido ellos los primeros críticos de Money; así, Preciado explica que Butler había sido una de las primeras en negar el «normativismo» de Money. Pero en realidad lo que hacen sus críticas es llevar hasta el extremo, y hasta el absurdo, los razonamientos de Money. Van aún más lejos que él en el sentido de una deconstrucción radical de los sexos y de los cuerpos.
FAUSTO-STERLING, CRÍTICA DE MONEY
Anne Fausto-Sterling fue una de las primeras en criticar a Money desde esa óptica, en 1985, en su libro Myths of Gender. Biological Theories about Women and Men. Más tarde volvería a abordar el tema más ampliamente en su libro más conocido: Cuerpos sexuados. A Fausto-Sterling le había gustado ya antes Money y reconoce que el libro Man & Woman, Boy & Girl de Money y Ehrhardt le había apasionado: «Aplicaron la idea de género a la psicología individual y devoré ese libro en cuanto apareció». Felicitó a Money y a sus colegas por haber logrado establecer que lo que determina el género es la educación y no el sexo biológico; no son las gónadas, las hormonas o los cromosomas lo que determina el género. Fausto-Sterling cita entonces, aprobándola, la fórmula de Money: «De la suma de pruebas extraídas de los hermafroditas, concluimos que el comportamiento sexual y la orientación masculina o femenina no tienen fundamento innato o instintivo». Hasta ahí, todo correcto. Pero el error de
Money y de sus colaboradores es haberse detenido en ese punto. Se quedaron en el principio binario, según el cual la biología establecía que existen solamente dos sexos. Fausto-Sterling lamenta que no hayan puesto en duda nunca «el supuesto fundamental que dicta que solo hay dos sexos». Según ellos, «sus pacientes requerían un tratamiento médico porque no tenían más remedio que convertirse en chico o en chica».
Esos científicos estudiaron a los hermafroditas para demostrar que la naturaleza contaba poco. Pero nunca cuestionaron el supuesto fundamental según el cual solo existen dos sexos, ya que su objetivo al estudiar los intersexos era obtener más información sobre el desarrollo normal». La intersexualidad, para Money, resultaba de procesos fundamentalmente anormales. Los pacientes necesitaban un tratamiento médico porque no tenían más remedio que convertirse en chico o en chica.
De hecho, las cosas eran mucho más complejas, como demostraba la diversidad de los casos de intersexo existentes. Fausto-Sterling pretende apoyarse en su formación como bióloga para afirmar que en la naturaleza no hay dos sexos, sino al menos cinco, incluso una infinidad de ellos. Es lo que expone en un texto de título sugerente, «The Five Sexes. Why Male and Female Are Not Enough» («Los cinco sexos: por qué macho y hembra no son suficientes»), ensayo que ella misma resume así: En ese artículo afirmaba que el sistema bicategorizado de nuestra sociedad no permitía englobar el espectro completo de la sexualidad humana. Así que sugería sustituirlo por un sistema de cinco sexos. A los machos y hembras añadiría los «herms» (los «verdaderos» hermafroditas, nacidos con un testículo y un ovario), los «merms» (los seudohermafroditas masculinos, nacidos con testículos y algunos aspectos del aparato genital hembra) y los «ferms» (los seudohermafroditas femeninos, en posesión de ovarios y de lgunos aspectos del aparato genital macho). Por tanto, se darían en la naturaleza toda una serie de gradaciones fisiológicas, hormonales o cromosómicas, que establecerían un continuum entre todos los seres naturales y por consiguiente toda una serie de posibles puntos intermedios entre los dos sexos. Según Fausto-Sterling, la existencia de eso que ella prefiere llamar «intersexos» mejor que «hermafroditas» manifiesta la continuidad que existe entre los diferentes sexos y las diferentes formas de sexualidad. Ya no sería posible distinguir biológicamente el masculino del femenino, sin más. Según ella, establecer el sexo de un niño desde el nacimiento es una decisión esencialmente cultural y arbitraria, producto de una forma de pensar masivamente binaria. Podemos imaginarnos a las comadronas dubitativas después de cada parto… Para intentar probar que este dictamen es más frecuente de lo
que se cree, Fausto-Sterling hace una reevaluación al alza del número de niños intersexuales al nacer: según ella, representan en torno al 1,7 % de los nacimientos. Es poco, pero ya es enorme en relación a las cifras propuestas por la mayor parte de los biólogos; para llegar a ese número, Fausto-Sterling incluye en la cifra a todos los niños portadores de todas las variedades posibles de trastornos de la sexualidad (síndrome de Turner, síndrome de Klinefelter, hiperplasia, etc.). De hecho, los casos de «hermafroditismo verdadero» solo son excepciones rarísimas sobre las que es imposible fundamentar una argumentación y a fortiori todavía menos una nueva ética sexual o una radical reorganización de la sociedad. El sesgo introducido por Money, que se fundaba en esos casos de hermafroditas para elaborar toda una teoría de la diferencia, o más bien de la ausencia de diferencia sexual, se ha visto corregido y aumentado aún más por Fausto-Sterling. La «demostración» bastante rápida de Fausto-Sterling parece haber convencido a la mayoría de los teóricos de género, como Judith Butler: «Incluso si la morfología y la constitución de los cuerpos parecen confirmar la existencia de dos y solamente dos sexos (lo cual cuestionaremos más tarde), no hay nada que nos autorice a pensar que los géneros deberían limitarse al número de dos». Las categorías biológicas tradicionales no tendrían ningún valor; dado que la naturaleza es continua, no es posible proponer clasificaciones de ella. Al teórico de género Éric Fassin le entusiasma esta fórmula de los «cinco sexos»: «La formulación un poco irónica no debe enmascarar este razonamiento: claramente se trata de un continuum biológico».
ACABAR CON LA BIOLOGÍA VIRILISTA
Para las posfeministas, el libro de Fausto-Sterling presenta la ventaja inmensa de ofrecer una crítica de la biología, que está estigmatizada como ciencia «generizada» y «virilista» en la medida en que establece que hay dos sexos y que la reproducción en la especie humana es necesariamente sexuada. Desde ese punto de vista, la biología debe ser criticada radicalmente, y las feministas están radiantes por haber encontrado a una bióloga que se ponga a ello, Anne Fausto-Sterling. En efecto, como hace notar con ironía una feminista no políticamente correcta, Camille Paglia, Fausto-Sterling no es realmente una referencia en materia de biología:
«Empezó una carrera de filosofía, la abandonó y pasó a ser considerada como una gran filósofa por gente que hace crítica literaria. Pero ¿realmente alguna vez ha explorado la ciencia? Para poder rechazar la biología y decir que el género está por completo construido socialmente, ¿dónde están sus lecturas y sus estudios? No es más que un juego, un jugueteo con las palabras, y su trabajo es totalmente pernicioso, un auténtico callejón sin salida».
Para Fausto-Sterling, el punto de vista binario de la biología de la sexualidad es ni más ni menos el resultado de concepciones sociales y culturales de una época, según el título de uno de sus artículos: «La sociedad escribe la biología / La biología construye el género». La biología no es «neutral». Es como toda ciencia un «saber asentado», dependiente de las condiciones sociales y culturales en curso. No es sino «la continuación de la política por otros medios». Los militantes de género consideran en general a la biología como un adversario en la medida en que se trata de una disciplina «esencialista». En los «estudios de género» es corriente atacar el «privilegio epistémico» de la biología, que pretende que en la naturaleza existen dos sexos, masculino y femenino: «La biología nos ningunea. Como es patriarcal, se ha confabulado con el androcentrismo y la heterosexualidad, dos enfermedades de las que hay que curarla, sin lo cual queda condenada a dar una explicación equivocada cuando habla de las mujeres. Más tarde veremos el paralelismo con la cuestión de las razas». Solo sería aceptable una biología abiertamente «asentada», es decir, feminista, en contra de la biología falsamente objetiva que solo es la expresión de prejuicios virilistas, incluso racistas. Aquí tenemos otra vez la simpática distinción estalinista de siempre entre dos ciencias, la «ciencia proletaria» contra la «ciencia burguesa», sustituida aquí por la ciencia «ginocéntrica, matriarcal u homosexista» contra la ciencia «patriarcal».
HACIA LA INDISTINCIÓN FINAL
La otra crítica importante que Fausto-Sterling dirige a Money no es teórica sino práctica. Se refiere a las operaciones de reasignación sexual que practicaron Money y después la mayor parte de los centros que trataban a los intersexuales. Al operarlos, Money habría condenado a personas cuya identidad de género no estaba fijada todavía a quedar encerradas en una identidad que no era necesariamente la suya. Fausto-Sterling se felicita de que Money haya perdido ya para entonces la partida desde ese punto de vista: «La revelación de esos casos numerosos de reatribución “fallidos” y la emergencia del activismo intersexo han obligado a cada vez más endocrinólogos pediátricos, urólogos y psicólogos a replantearse las ideas aportadas por las primeras cirugías genitales». Así, en el caso de David, lo que Money hubiera debido hacer era operar lo más tarde posible y solo si este se lo pedía. En este punto es imposible no estar completamente de acuerdo con esta crítica de Fausto-Sterling, que es también la de Janice Raymond.
Sin embargo, las cosas se complican porque Fausto-Sterling va más lejos aún: le parece que nunca se debería haber operado a David porque, según ella, en el futuro se acabará con todas las distinciones binarias, sobre todo las de sexo y género. Para Fausto-Sterling, la ntersexualidad no es simplemente una situación de hecho, sin valor particular, incluso dotada de un valor negativo, sino que está particularmente valorizada. Los intersexos prefiguran un porvenir radiante de una humanidad indistinta, y la reflexión acerca de la pluralidad de los sexos prosigue a través de una especie de ensoñación sobre lo que podría ser un «mundo ideal», utópico, sin identidades sexuales fijas. El abanico de posibilidades ya no se limitaría a «macho» o «hembra»; los sexos «se habrían multiplicado hasta el extremo, sin límite alguno para la imaginación»: «Sería un mundo de poderes compartidos. Paciente y médico, padre e hijo, macho y hembra, heterosexual y homosexual: todas esas oposiciones y muchas más deberían quedar disueltas por ser fuentes de división».
Podríamos entonces deslizarnos sin cesar de una identidad sexual a otra, sin límite alguno. Nuevamente se tiene la impresión de haber vuelto a la vieja utopía marxista, la del fin de la división del trabajo en el comunismo: Según Marx, «en la sociedad comunista» se nos dará «la posibilidad de hacer hoy tal cosa, mañana tal otra, cazar por la mañana, pescar por la tarde, practicar la ganadería por la noche, hacer crítica literaria después de comer, a placer, sin convertirnos nunca en cazadores, pescadores o críticos literarios». Pero Marx nunca habría podido imaginar que se pudiera ser hombre por la mañana y mujer por la tarde…
Hay que decir que los raros artículos científicos de Fausto-Sterling tratan sobre los platelmintos, las planarias sobre todo, que son hermafroditas y cuentan con órganos reproductores macho y hembra. Dichos gusanos pueden efectivamente reproducirse bien mediante reproducción cruzada, en la cual cada individuo se autofecunda almacenando el esperma de otro o, más extraño todavía, de manera asexuada por escisiparidad. No cabe duda de que este radiante porvenir que desea para nosotros Fausto-Sterling es bastante original. Por suerte o por desgracia, hemos evolucionado un poco más que estos seres primitivos y no se ve muy bien cómo podríamos hacer para volvernos platelmintos…
Esta exaltación del intersexo y de un «futuro radiante» se enfrenta también con algunas dificultades menores, disfunciones de las glándulas suprarrenales, cánceres y otras hernias que Fausto-Sterling no tiene más remedio que mencionar, levemente, como de pasada: «En mi utopía, los problemas médicos mayores de un intersexo serán las patologías potencialmente letales que acompañan a veces el desarrollo intersexo». Para ello habrá que «imaginar una nueva ética del tratamiento médico que permita a la ambigüedad prosperar, anclada en una cultura que habrá superado las jerarquías de género». Poca cosa finalmente, si es solo ese el precio que la humanidad tiene que pagar para acabar con las diferencias…
De “La filosofía se ha vuelto loca” de Jean Francois Braunstein