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Género y nieve

 

Género y nieve. Normalización, conformidad e innovación


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Te llevaré a un lugar. Un rincón de Río Negro, en la Patagonia argentina. Aquí, la supervivencia es la única alternativa. Si no tienes la resiliencia de un superviviente de un apocalipsis zombi, no llegas a fin de mes.

 

El invierno es un depredador. Nieve que sepulta los caminos, barro que atrapa los autos, la necesidad imperiosa de hachar leña para conjurar el frío, porque el gas natural es un lujo de los barrios privilegiados. Los ingresos son de subsistencia. Las temperaturas se desploman, a veces hasta quince grados bajo cero, en un barrio pobre, marginal, donde las calles son de tierra y piedra y los mismos vecinos tenemos que comprar camionadas de ripio y apisonarlas con nuestras propias palas.

 

Intentar arrancar la motosierra, construir tu casa con tablas de pino verde, las termitas la atacan. Refugios precarios contra la intemperie. Vivir sin electricidad, sin un baño, sin agua corriente. Dormir con guantes y bufandas. Puedes pasar diez años sin depilarte y nadie se dará cuenta. O usar boxers porque son más cómodos que las bombachas. A nadie le importa la apariencia del otro. Apariencia es lujo. Barro manda.

 

Los hombres, piltrafas. Falta de trabajo, agotamiento, desesperanza. Tan abrumados como nosotras. No te pagan un café, la escasez. En el horizonte no aparecen demasiados patriarcas que intentan recluirte en sus desoladas mansiones victorianas.

 

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Ahora, imagina esto. Una adolescente regresa a casa, no de un centro comercial, sino de una escuela donde el frío se cuela por las rendijas. Y le dice a su mamá, que compró el pan contando monedas: «Mamá, quiero que me compres bóxers porque creo que soy un hombre».

Comienza entonces la investigación, la pregunta: ¿qué está pasando? Y así, te encuentras leyendo la historia de Keira Bell, esa adolescente británica que demandó al equivalente del Ministerio de Salud de su país por haberla hormonado y operado. Su testimonio: «Interpreté que odiar los vestidos y las muñecas significaba que era un hombre».

 

Sigues investigando, y Sí, en las escuelas de hoy, en Argentina, a las adolescentes del siglo XXI, a esas que anhelan ser fuertes, resilientes e independientes, se les enseña que la mujer es débil, sumisa, una oveja que lleva vestidos. Estereotipos y maquillajes. Esas mismas mujeres que te describí en los primeros párrafos, las que hachan leña y construyen sus casas con tablas, las que desafían el frío y la escasez, tienen que oír que a sus hijas en las escuelas les enseñan eso.

 

El discurso académico, el que se gesta en los claustros urbanos, se revela casi obsceno, en relación con la verdad del territorio. Emanciparse, dice ese discurso, consiste en cambiar de ropa, de peinado, de nombre, de pronombre. Para no ser una Barbie (¿quién puede darse el lujo de ser una barbie?!), o un ama de casa yanqui de los 50, te inculcan que debes abandonar una categoría: “mujer” y declararte un “género” (fluido, no binario, o cualquier otra etiqueta importada desde los países anglosajones).

 

¡Tan fácil había sido! Nosotras, cosacos. Ninguna de nosotras se cambió el nombre. Ninguna de nosotras usa vestidos o maquillajes. Ninguna hace performances de actitudes de camionero para sentirse fuertes. ¿La independencia, una declaración? ¿La identidad humana, una “performance”? Ninguna de nosotras forcejeó con nadie para que usara tal o cual pronombre.

Ridículo. Absurdo. Reconocimos la venta de una promesa vacía de empoderamiento y emancipación, un espejismo. Propaganda.

 

La verdadera emancipación, no la que te regalan en los pasillos universitarios, es la que se forja con sudor. Se construye desarrollando habilidades que son la base de tu independencia. Te emancipas construyendo tu propia casa, tabla a tabla, clavo a clavo. Te emancipas comprando tu propio auto, aunque sea un Renault 12 de 1993 que te lleva cuatro años pagar. Te emancipas ganando tu propio dinero, con sudor y astucia. Te emancipas resolviendo tus necesidades emocionales, afectivas y sexuales sin meter en tu intimidad a un desconocido que podría ser un sociópata.

 

No hay atajos. La vulnerabilidad no se supera pintando un banco de rojo. Requiere un desarrollo psicoemocional que lleva décadas, no un cambio de etiqueta. La libertad no se regala, la fortaleza no se declara; se conquistan, se construyen, se vive.

 

 

Normalización, conformidad e innovación

 

Stendhal afirma que “Todo hombre es esclavo de su siglo”. La frase condensa una intuición incómoda: la supuesta emancipación suele ser, en muchos casos, una sustitución de marcos de pensamiento antes que una verdadera autonomía. Lo que cambia no es la existencia de condicionamientos, sino su forma. Si antes se inculcaban formas de pensar desde los púlpitos, hoy desde redes sociales, la academia o Netflix.

 

En mi experiencia como docente durante casi quince años en la provincia de Río Negro, pude observar con claridad cómo operan estos procesos en el sistema educativo. La formación docente no es un espacio neutral: los contenidos, la bibliografía y las consignas “bajan” desde instancias superiores. A su vez, el sistema de puntaje, que regula la carrera profesional, incentiva la adhesión a determinadas propuestas. En este esquema, no solo se enseña a pensar, sino también qué pensar. Este es el núcleo de la normalización: la definición de un marco legítimo dentro del cual ciertas ideas circulan como válidas y otras quedan desplazadas.

 

La innovación, la ruptura. Lo disruptivo, se institucionaliza, entonces deja de ser una apertura y se convierte en un nuevo estándar. Lo que en un momento aparece como pensamiento crítico se transforma, con rapidez, en un nuevo repertorio obligatorio. La innovación se cristaliza en norma. Los autopercibidos disidentes mandan, respaldados por el poder estatal.

 

Frente a este proceso, la conformidad adopta formas complejas. No siempre implica acuerdo, sino muchas veces adaptación. La adhesión a ciertos discursos puede responder menos a una convicción profunda que a la necesidad de sostener una posición dentro del sistema. De este modo, se configura un consenso aparente, en el que la nueva disidencia no desaparece, sino que se vuelve silenciosa o marginal.

 

Cuando se intenta sostener una posición crítica frente a estos marcos teóricos urbanos, importados, de moda en los claustros, las tensiones se vuelven visibles. El desacuerdo tiende a ser interpretado no como una diferencia legítima, sino como un error, una falta de comprensión o incluso una falla moral. En ese punto, el límite entre formación y disciplinamiento se vuelve difuso.

 

En síntesis, los procesos de normalización, conformidad e innovación no deben pensarse como categorías aisladas, sino como dinámicas entrelazadas. Toda innovación que logra imponerse tiende a generar sus propios mecanismos de normalización, y toda normalización produce, a su vez, nuevas formas de conformidad y también de resistencia.

 

 

Todo hombre es esclavo de su siglo.

Stendhal

 

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