Apenas dos años atrás, Sydney Wright era una “sana y hermosa chica” en camino a graduarse de la escuela secundaria, como se describió a sí mismo en un reciente artículo en primera persona publicado la semana pasada por The Daily Signal. “En poco tiempo, me convertí en un hombre transgénero con sobrepeso y principios de diabetes”, explicó.
En este complicado proceso, Wright, reisdente de Rome, Georgia (sur de Estados Unidos) considera que los médicos que la atendieron le fallaron consistentemente, ayudándola a hacerse daño a cambio de una enorme cantidad de dinero.
EL ARTÍCULO EN INFOBAE: https://www.infobae.com/america/eeuu/2019/10/12/pase-un-ano-como-hombre-trans-me-senti-miserable-y-ningun-medico-me-ayudo/
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Siempre me gustó la ropa de
chicos, y jugar con juguetes de chicos, y me gustaban las chicas, sabía que era
gay (...) A los 18 leí en Instagram historias de éxito hombres transgéneros.
Ellos también habían sentido siempre que algo no iba bien, y que, hasta después
de su transición nadie hubiera adivinado lo que les pasaba. Mientras yo me
sentía avergonzada de dar la mano en público a mi novia, sintiéndome juzgada
por todos, nadie miraba a los transgéneros como a mí. Empecé a envidiarlos. Todo lo que leí fue a favor de la
transición. Lamentablemente, no encontré ni un solo artículo acerca de un
transgénero arrepentido, o de los tremendos problemas de salud que la
transición implicaba. Sólo decían cómo la transición te empoderaba, y lo bien
que estarías después. Busqué lo mejor que pude artículos que criticaran la
cuestión críticamente, y que ofrecieran visiones alternativas, pero sólo
encontré autores pro-transgénero. Eso me condujo a una conclusión. Todos los
“expertos” estaban de acuerdo ¿Por qué no hacerlo? Googlee cómo se hacía, fui
a una terapeuta, yo iba a cumplir 19 en
5 semanas, ella me vio una hora por semana y me recetó las hormonas, también me
habilitó para cambiar mi licencia de conducir. Ahora veo que hay un tremendo problema en cuanto a lo fácil que es.
Yo había visto los videos promocionales: el problema era mi género, y lo que
hizo la terapeuta fue guiarme a la conclusión de que sí lo era, y que lo que
necesitaba era cambiar mi sexo. Mis amigos ya me estaban alentando. Sé que algunos callaron, pero nadie me desalentó. Yo
no era un chico, y esto era lo último que necesitaba. Sólo sentía vergüenza de
ser lesbiana en público. El médico se limitó a recetarme la inyección de
hormonas, y comprendí que no le interesaba el asunto. Pero por entonces yo ya
estaba atrapada en el delirio: Pensaba que la transición de género me volvería
“normal”. Con las inyecciones empecé a engordar y mi piel empeoró, me
diagnosticaron pre-diabetes. Tenía riesgo de embolia y ataque cardíaco.
Continué durante un año. Gané 50 libras y era miserable. Ninguno de los
problemas que pensé que se resolverían con la transición se había resuelto.
Comencé a arrepentirme, pero estaba atrapada, les había dicho a todos que éste
era yo. Había cambiado mi género, forzado a la gente a llamarme con otro
nombre: Jaxson. Mis compañeros de trabajo tenían que aceptar que su ex
compañera compartía el baño con ellos. Todo el mundo a mi alrededor caminaba
sobre cáscaras de huevo, los empleados tenían miedo de objetar nada, porque ha
habido sanciones por asuntos así. Así que nadie
podía decirme que lo que hacía era un error. Unas pocas almas valientes se
atrevieron a sugerir, quedamente “¿Estás segura?” “¿No quieres pensarlo un poco
más?” Mientras tanto, mi mamá lloraba todos los días, y se culpaba por lo que
yo me estaba haciendo. Finalmente, un día mi abuelo se sentó a hablarme. Con
lágrimas en los ojos me pidió que parara. Todo en mí me decía que continuara,
no porque quisiera, sino por orgullo: “¿Qué iba a decir la gente?” Pero mi
abuelo me salvó, yo hubiera sido capaz de dejar que este tratamiento me matara
antes de admitir que me había equivocado. Su intervención tal vez me salvó la
vida. Decidí detenerme. Dos semanas después de dejar las hormonas lo pasaba en
el suelo con dolores insoportables, vomitando, no podía ni comer. Fue agotador
vivir enferma. Pensé que moriría, mi mamá me llevó al hospital. Pensé que no
sobreviviría, me sedaron. Cuatro meses después había perdido 50 libras y
recuperado a medias una normalidad. Todo esto me costó 1000 dólares, sólo una
fracción de lo que pagó el seguro, y el deterioro de mi salud. En mi carnet de
conducir todavía dice que soy un hombre. Estoy agradecida de haber pasado por
todo esto y de seguir viva, y de no haberme sometido a ninguna mutilación. Para
mí, es enfermo que nuestra sociedad haga pasar por esto a la gente joven. A los
18 no tenía edad para comprar alcohol pero sí para iniciar una terapia de
hormonas para cambiar de sexo. Esto les
está pasando a chicos más jóvenes que yo, y los adultos no hacen nada. En
esas clínicas no veo gente adulta, veo chicos, con padres que no tienen ni
idea, esperando por citas que pueden arruinar sus vidas. Nuestra cultura ofrece
un camino rápido a la transición de género, que sólo arruina vidas y cuerpos. Y
la comunidad médica es cómplice. Me reuní con estos doctores, les conté mi
experiencia y les puedo decir que no les importó. Esto es una crisis de salud
pública que los medios y los políticos deciden ignorar. Miles de chicos son
engañados, se les hace creer que la solución a sus problemas, de inseguridad y
de identidad, es un cambio de sexo. Es el peor camino en el que puedes poner a
una persona joven. Espero que mi
historia pueda servir como advertencia, y salve a algún otro adolescente de la
miseria y pena que he atravesado.
Sydney Wright / October 07, 2019
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