¿Sabes qué es el trastorno de Identidad de la Integridad Corporal? ¿Y cómo ayudarías a una persona con este trastorno?
—¿Cómo
dijiste que se llamaba? —preguntó desde la seguridad del sofá.
Lance
regresó de la cocina, secando el gigantesco cuchillo de carnicero que traía en
las manos.
—¿Cómo
se llama qué cosa?
Vicki
chasqueó la lengua con impaciencia. ¿No estaban hablando de eso?
—Lo de
tu brazo. Tu condición. ¿Cómo dijiste que se llamaba?
—Te lo
dije en el taxi —respondió Lance, arrojando la toalla en dirección a la cocina.
Apoyó el cuchillo en la mesa, junto a la sierra aún empaquetada—. Se llama tic.
T-I-I-C. Trastorno de Identidad de la Integridad Corporal. Algunos la llaman
Dismorfia Corporal. Otros, simplemente locura. Es una condición poco usual, que
se caracteriza por... —Lance respiró profundo. Él también había bebido
demasiado—. Se caracteriza por el deseo abrumador de... de amputarte una o más
extremidades de tu cuerpo. ¿Qué vas a beber?
—No
tiene sentido —Vicki escuchó el tintineo de los cubos de hielo y se dio cuenta
de que él seguía en movimiento. Tardó un segundo en encontrarlo, de pie junto a
una especie de barra de tragos, preparando... algo.
—¿Qué
parte de beber algo no tiene sentido? —preguntó, con una enorme sonrisa.
—¿Qué?
—¡Tragos! Eso era lo que preparaba—. Oh, no. Beber tiene sentido. Ginebra, si
tienes. Si no, cualquier cosa. Cortarte un brazo absolutamente sano, eso no
tiene ningún sentido.
—Por
eso es un trastorno —explicó él mientras servía las bebidas y las llevaba al
sofá—. Claro, yo no lo veo así. Para mí, el brazo no es mío. Quiero decir, no
pertenece a mi cuerpo. No está bien y no lo quiero.
—No lo
entiendo —sentenció Vicki, sorbiendo de su copa.
—No
eres la única. Pocos lo entienden. El deseo, la necesidad de ser inválido
parece tan bizarra y contraria a lo que la mayoría considera normal. Todos los
que sufrimos dismorfia evitamos hablar de ello.
—¿Todos?
—No soy
el único. Créeme, somos varios. ¿Quién sabe cuántos? Ya viste la reacción de
Lundgren. Deberías haber oído lo que me dijo antes de que saliéramos de su sala
privada. Algo así como... —Lance carraspeó para lograr una buena imitación de
la voz del doctor. Al menos, a Vicki le pareció buena, ebria como estaba—,
“está caminando sobre hielo cada vez más delgado, señor Canning”. Y agregó “No
tengo intención de acompañarlo. No voy a cruzar la línea por un hombre con
problemas que ha perdido el contacto con la realidad, ni puedo aceptar su idea
de normalidad para estropear un cuerpo sano” —Lance concluyó la imitación y
bebió un buen trago de whisky.
—No
puede juzgarlo por opinar así.
—¡Claro
que puedo, diablos! Es por actitudes prejuiciosas como la suya, y por la falta
absoluta de opciones médicas, que quienes tenemos TIIC nos vemos obligados a
tratarnos por nuestra cuenta. Nos obligan a tomar medidas extremas para
paralizarnos o amputarnos miembros... que es lo que haremos —Lance enfocó toda
su atención en Vicki, su voz empapada de emoción—. ¿Aún lo harás, por mí, cierto?
¿Vicki?
—No lo
sé... —Vicki bostezó largo y tendido—. Lo siento. El alcohol. Me has
emborrachado. Estoy tan cansada. Tú dijiste... que conoces a otras... personas
con este trastorno... que lo han hecho, ¿no?
Lance
se dejó caer en el sofá junto a ella, asintiendo con la cabeza.
—Leí
que un tipo que se congeló una pierna con hielo seco. Otro se la voló de un
balazo. Conocí a un hombre que pagó 10 mil dólares para que lo amputasen en
México, de forma ilegal, y murió de gangrenas. Lo he intentado yo mismo. No te
veas tan sorprendida. Sí, he intentado cortarme el brazo. Más de una vez. Quise
aplastarlo con un automóvil, pero el gato se cerró mal y terminé con un ojo
negro pero aún con dos brazos.
—Oh,
pobrecito.
—No me
di por vencido —continuó Lance—. Jamás lo haría. Mi brazo izquierdo no me
pertenece y mi cerebro no me permite olvidarlo. Traté de cortármelo con una
sierra de mesa, después de practicar con animales.
—Lance,
¿cómo pudiste?
—No,
¡no lastimé a ninguno! Quise decir que practiqué en trozos de animales que
compraba en una carnicería. Practicaba desmembrándolos desde las
articulaciones. Era bueno en eso, pero cuando veía la sierra de mesa, me
acobardaba.
Vicki
lo miró fijo, tratando de darle toda su atención.
—No
creo que no cortarte tu propio brazo califique como “acobardarte”.
—¡Sí!
Es exactamente eso. Y no digas que es “mi” brazo. Me pasé días conduciendo sin
rumbo, incontables horas e infinidad de kilómetros, con el brazo colgando por
la ventanilla, deseando, rogando que alguien pasara demasiado cerca y me
arrancara el maldito brazo. Oh, Vicki, ¿estoy aburriéndote? Apenas mantienes
los ojos abiertos.
—Lo
siento, continúa. Por favor —respondió ella, luchando para contener otro
bostezo.
—No hay
mucho más que decir. La psiquiatría no sirve. Medicamentos, tampoco. La cirugía
es la única solución y muchas personas se ven obligadas a tomar cartas en el
asunto... como nosotros.
—¿Por
qué debemos hacer esto? ¿No hay... doctores... que puedan hacer algo?
—Supe
de un cirujano en Escocia que amputó varias piernas y liberó a varios hombres
de esta tortura. Lo forzaron a detener sus prácticas, lo cual es ridículo. Esto
no es algo nuevo. Hace más de doscientos años, en Francia, un hombre apuntó a
un cirujano con una pistola a la cabeza para que aceptase amputarle la pierna.
Luego, le envió una nota de agradecimiento donde anunciaba que el doctor lo
había convertido en el hombre más feliz de la tierra.
—¿Feliz?
— cuestionó Vicki, y bostezó de nuevo.
—Nadie
disfruta este trastorno. No sabemos de dónde salió pero es una tortura mental.
Es peor que el síndrome del miembro fantasma, que hace que personas amputadas
sientan dolor en las extremidades que ya no tienen. Algunos neurólogos creen
haber encontrado una disfunción en el lóbulo parietal derecho que rompe el mapa
mental de un cuerpo unificado.
(Fragmento de Siete para la morgue, de
Doug Lamoreux)
