«La Declaración de los
Derechos del Hombre se ha convertido en Evangelio político y la Constitución
francesa en religión por la que el pueblo está dispuesto a morir».
Mirabeau, 1792
Un escritor jacobino se preguntaba: «¿Cómo se instauró la
religión cristiana? A través de la predicación del Evangelio por los apóstoles.
¿Cómo podemos instaurar nosotros firmemente la Constitución? A través de los
apóstoles de la libertad y la igualdad».
Rousseau y Voltaire serán venerados en el Panteón casi como
semidioses, en ceremonias que parecían verdaderas liturgias. El carácter
religioso que va tomando la revolución inquieta a Tocqueville: «La Revolución
Francesa es pues una revolución política que ha procedido a la manera, y tomado
el aspecto en cierto modo, de una revolución religiosa». Así, «no sólo se
expande, como ellas, a lo lejos, sino que, como ellas, penetra mediante la
predicación y la propaganda». A ello hay que sumar sus pretensiones de
universalidad, sus visos de salvación, sus dimensiones mesiánicas y su apelación
al «hombre» en abstracto, muy característico del pensamiento religioso.
A Tocqueville sorprende la «predicación y la propaganda» no
parecían ser actividades políticas hasta entonces, sino religiosas. Pero ahora
que la religión ha sido desplazada, es la política la que asume las funciones
culturales que se vehiculizan a través de la predicación y la propaganda,
adquiriendo a menudo, paradójicamente, estilos religiosos. Eric Voegelin las
denominará más tarde «religiones intramundanas».
Así, prosigue
Tocqueville, la Revolución «se ha convertido en una especie de religión nueva;
religión imperfecta, cierto, sin Dios, sin culto y sin una vida en el más allá,
pero que, par al islamismo, ha inundado la tierra toda con sus soldados, sus
apóstoles y sus mártires».
Allan
Bloom: «la secularización es el maravilloso mecanismo por el que la religión se
convierte en no religión».
El
propio Rousseau entendía que una «religión civil» que santificara el contrato
social, proveyera una concepción rigurosa de la justicia y estableciera
virtudes cívicas era imprescindible para religar el nuevo ordenamiento social.
Todo ello debía ser apoyado por una pedagogía muy particular, propuesta en su
Emilio.
El niño
«sólo debe hacer lo que quiere; pero no debe querer sino lo que queráis que
haga; no debe dar un paso que no hayáis previsto; no debe abrir la boca sin que
sepáis lo que va a decir». La educación (o más bien, el adoctrinamiento) es la
llave maestra para poner en marcha lo que hoy llamamos «ingeniería social». La
Revolución Francesa, en este sentido, fue hija de la Ilustración y partera de
una nueva religión estatizada.
Juramento de los miembros del Club
de Moulins: «Juro que nunca tendré otro templo fuera del de la razón, otros
altares que los de la Patria, otros sacerdotes que nuestros legisladores, otro
culto que el de la libertad, la igualdad, y la fraternidad».
Aquello del «templo de la razón»
no era una alegre metáfora: las iglesias fueron convertidas, efectivamente, en
«templos de la Razón». Las figuras de los santos católicos fueron reemplazadas
por las de héroes revolucionarios como Marat, Lepelletier y Chalier, en una
suerte de santísima trinidad revolucionaria. Se cuenta que, en una ceremonia en
honor a este último, un busto suyo fue colocado sobre el altar mientras los
comisarios de la Convención, de rodillas frente a la imagen, decían: «Dios
salvador [o sea, Chalier], mira a tus pies la nación prosternada que te pide
perdón. ¡Manes de Chalier, seréis vengados! ¡Lo juramos por la República!».
Seguidamente, se procedió a quemar un Evangelio y un crucifijo.
Momoro: «Que la Naturaleza
reciba aquí nuestro homenaje. Ella lo es todo para nosotros. [. . .] Ofrezcamos
sacrificios a la Naturaleza, a la Libertad, este es nuestro culto».
Al año siguiente de la toma
de la Bastilla, se levantó en la Plaza de la Bastilla una estatua de la diosa
egipcia Isis, mientras Hérault de Séchelles oraba: «¡Oh Naturaleza, señora de
los salvajes y de los pueblos ilustrados!, este inmenso pueblo congregado
delante tuyo a los primeros rayos del sol matinal, es digno de ti, es libre. En
tu seno, en tu sagrado manantial ha hallado de nuevo sus derechos y su
renacimiento».
De La
batalla cultural, de Agustín Laje